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viernes, 22 de febrero de 2013

LA NOCHE


La humedad de las calles se siente hasta los huesos, disfruto de mis paseos nocturnos. La ciudad de noche te muestra rostros que jamás se verán a la luz del día. Caminar por los callejones me hace sentir seguro, a pesar de saber  que es justo lo contrario, ¿Qué cómo lo descubrí? Hace varias lunas que sé que ella me sigue, he visto sus ojos ocultándose tras la esquina, a veces está tan cerca que puedo sentir su aroma, huele a lavanda mezclada con fierro.

Toda la vida he buscado respuestas a lo que les sucedió a mis padres, mi cuerpo se tensa, la sangre en mi interior se congela y entonces lo percibo, el recuerdo profundo, el olor a lavanda y fierro.

Los edificios son tan altos que apenas se ven la luna y las estrellas, hay ciertos lugares que guardan más oscuridad en Berlín, esos son mis favoritos, porque en lugares así, es dónde ella me visita. Hoy es la noche, la enfrentaré, la cuestionaré. Seguro que hay alguna relación entre la muerte de mis padres y ella. ¿Qué cómo sé que es ella y no él? La he escuchado cantarme una triste y vieja canción de cuna, a veces imperceptible, pero siempre presente. Creo que dejé de percibirla cuando salí de la secundaria, aunque siempre la escuchaba si el día parecía malo o en sueños lejanos.

Veo su sombra sobre mí, detengo mi paso y siento el peso del silencio, me oprime el corazón y casi me deja sin habla.
- ¿Quién eres?- pregunto sin voltear, mientras la sombra se acerca más y más.
-¿Eso importa?-
Pienso brevemente en su respuesta, mientras una rata sale despavorida y se aleja, hacía la luz… 
-Si importa ¿Por qué me sigues? ¿Qué quieres de mi?-
-Sólo te contestaré una pregunta a la vez, así que piensa bien en lo que quieres saber.-
Su voz es melodiosa y suave, es cómo si con cada vocal acariciara mi alma 
–Sé que siempre has estado cerca y me gustaría saber ¿Qué quieres de mi?-
-¿De ti? Es sólo una deuda pendiente, ¿quieres saber que le paso a tus padres?-
-Si, si…¿también estabas ahí?- mi voz tiembla un poco.
-Así es, estaba ahí. Tu padre había apostado sus más grandes tesoros y perdió…-
-¿Y por que no sólo se llevaron el dinero, las joyas…? ¿Por qué se llevaron su vida y la de mi madre?-
Un destello de luz se aparece, la farola frente a nosotros, hace segundos descompuesta, prende súbitamente, veo su rostro, parece de porcelana, muy blanca, aunque algo esquelética. Los vidrios de las ventanas cercanas no la reflejan, sólo a su sombra. Mi corazón da un vuelco y me concentro, hice más de dos preguntas a la vez, ella sabe lo que estoy pensando, me sonríe comprensiva y me responde:
-Sus mayores tesoros no eran materiales, eran tu madre y tú.-
-Entonces ¿Por qué estoy vivo? Debí de haber muerto aquel día…-
-Así es, debiste hacerlo, pero yo preferí llevarlo a él.-
Ahora lo sé… Me cuesta preguntar si mi momento ha llegado, aunque ¿Por qué otra razón estaría parada frente a mí? ¿Por qué otro motivo me dejaría ver su rostro?

Todo a mi alrededor se percibe especial, cómo todo en la noche, escucho a los grillos, el goteo de la brisa nocturna cayendo sobre algún balcón oxidado, el chillido de las ratas, escarbando en el basurero, los latidos de mi corazón cada vez más arrítmicos y lentos…su blanca mano me toma, mientras me canta por última vez esa triste y vieja canción. La farola falla, hasta que todo es oscuridad.

Escrito por Claudia Liz Flores
para Taller de Cuento del
Instituto de Investigaciones Culturales UABC

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